3/9/08

Los ojos del capitán

No recuerdo bien que año fue. Eso es lo de menos. Entonces vivía en Sevilla, en el barrio del Cerezo. El casero era el tipo más miserable que he conocido. El piso estaba en ruinas y me pedía dos meses de fianza más el primero y el último por adelantado. Había estado todo el verano trabajando en la construcción, sacando escombros y construyendo bañeras en pisos residenciales de la Costa del Sol.
Finalmente me decidí por la habitación, una vez instalado solo le pagué un mes de fianza. Estuvo persiguiéndome varios meses para que le pagara el otro mes. No le quedó más remedio que tragar con un inquilino impertinente. El casero y la zorra de su mujer me asediaban todas la semanas y yo los amenacé con denunciarlos a sanidad. Así que por un tiempo dejaron de darme la brasa y pude vivir unos meses sin el típico estrés de la vivienda. Me dispuse a buscar un trabajo, pero los días corrían y era incapaz de concentrame en otra cosa que no fuera la enfermedad terminal de mi hermano. Pasaba los días bebiendo y recorriendo la ciudad en bicicleta. Pude sobrevivir vendiendo algo de hierba que había sacado ese año. Llegó un momento en el que los chavales del barrio, muchos de ellos latinoamericanos, venían a mi casa en las horas de clase para pillar algo de fumar. Pocos días después leí en un periódico local que en algunos institutos se estaba incrementando la venta de drogas, uno de ellos era el que estaba al lado de mi piso. Enseguida corté el menudeo porque el barrio se estaba llenando de secretas. No me arrepiento en absoluto de lo que hice. No incitaba a nadie al consumo. Esos chavales tenían claro que su futuro estaba en otro sitio. Cada uno se busca la vida como puede o como le dejan agarrarla.
Fue en una de las esquinas del barrio donde conocí al capitán Pacheco. Era un viejo hosco, de aire harapiento. Había algo extraño en su mirada, un pellizco desconcertante. Le dije algo impreciso sobre el tiempo y él me respondió con un monosílabo entrecortado. Le faltaba aire y le sobraba humo. Pasaron varios meses hasta que volví a verlo. Había encontrado una mierda de trabajo como comercial. Vendía vino para una familia de listillos que hacían de intermediarios entre la bodega y el cliente. Se las daban de sibaritas y en el fondo no tenían donde caerse muertos. Me pasaba medio día hablando por teléfono y otro medio visitando tabernas y restaurantes. No se me daba mal, pero terminé hasta los cojones de engañar a la gente con el mismo cuento. Lo mejor de ese trabajo era que probabas los mejores vinos de este país de borrachuzos. Lo demás carece de interés. Pura mierda de cacatúa.
Una vez que me hice con algo de pasta me propuse escribir un maldito guión. A mi hermano se le escapaba la vida y yo solo pensaba en la muerte. Escribí una historia en la que alguien se moría pero de manera natural. Es decir, un anciano que se muere porque ya ha cumplido su ciclo vital (algo verdaderamente insoportable) En realidad, se moría de pena después de que su mujer lo dejara más solo que un perro sin amo. En fin, reuní todos los medios para grabar el corto pero no encontraba a un viejo que se quisiera morir. Entonces me acordé de Pacheco. Le comí el tarro durante varios días y accedió a que lo entrevistara en su casa.
Vivía en un segundo sin ascensor. Al entrar en la escalera percibí un olor a rancio que traspasaba cualquier pituitaria humana. Un chucho lleno de pulgas me dejó claro que no era bienvenido. Mi sopresa fue cuando la puerta se abrió. Una mujer de unos cuarenta años me llevó a la sala de estar. El pasillo estaba repleto de retratos familiares y figuritas de porcelana. El viejo estaba sentado en un sillón fumándose un pitillo. Me invitó a sentarme. Es la sirvienta, me explica mientras se rasca el bigotillo. También me gusta que me la chupe. Le pago bien, a mis años uno no puede dar mucha guerra. Cumplo 83 en unos días, dice orgulloso. Le explico que me gusta escribir y que estoy buscando a una persona mayor que interprete la historia. Me gusta mucho leer. Sobre todo releo un libro, la Biblia me dice. Enseguida me doy cuenta que tengo delante a un criminal. Es una intuición. Pocas veces me equivoco cuando se trata de un hijoputa. Así es, el viejo empieza a contarme su historia. Nace en Puerto Rico. A los quince años se va para EEUU y se enrola en el ejército, en el cuerpo de paracaidistas. Yo estuve en Vietnan, chico, me dice con una sonrisa tempestiva. Sé lo que es la muerte. Tengo las manos manchadas de sangre. Se dice así ¿No? He visto morir a niños, ancianos, mujeres embarazadas, amarillos de todas la clases. Esa gente mata igual que tú y que yo. Nunca cedí ante esa fiebre del demonio. Tengo buenos recuerdos de esos años, gané mucho dinero, mucho, ¿Sabes chico?, y conservo un pequeño trofeo. El viejo extiende el brazo y pone una cajita sobre la mesa. Ten, ábrela, no tengas miedo, solo soy un viejo indefenso, un resfriado puede matarme, dice con una media sonrisa. Abro la cajita y puedo ver dos ojos que flotan en un líquido transparente. Miro al viejo y éste sigue con ese gesto de satisfacción. Está bien, le digo, buscaba un actor y encontré un asesino. Así es chico, nadie debe quitarle la vida a nadie, pero solo un ciego conoce la perfección de las sombras. Maldito cabrón, le digo mientras me levanto, estás enterrado en vida.

6 comentarios:

astroboyesgay dijo...

Buen texto, me generó imágenes...

La sonrisa de Hiperión dijo...

Me enganchó la historia. Muy buena.
Saludos

Maria Coca dijo...

Captas la atención desde el comienzo. Y la mantienes hasta el final, enhorabuena.

eSadElBlOg dijo...

ese final, un asesino o dos? desde luego, el viejo es para matarlo...

Veronica dijo...

Usted es fotografo?

ojosverdesfritos dijo...

parece que te estoy viendo por aquellos días hablarme del viejo y de tu guión y de todo....


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